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Caito y Enrique: mis hermanos mártires de la lucha por la Justicia

Escrito por LuisPosted in: Neuquén, el Líbano y mi Familia

CaitoEnriqueEl ejemplo y el sacrificio de mis hermanos llena de convicción a nuestra familia.
Mis padres pudieron superar el dolor de su trágica pérdida dedicando su vida a continuar con su legado.
Cuando me siento cansado, cuando tengo dudas, cuando necesito coraje, pienso en su fuerza, su convencimiento y su valentía.
Hermanos mios, los quiero y los admiro.Los siguientes documentos explican su gesta en profundidad: 

Mis hijos menores montoneros El Desafio
Por Felipe Sapag

Ricardo Omar Sapag y Enrique Horacio Sapag se incorporaron a la Juventud Peronista, que inicialmente tenía como objetivo fundamental lograr el regreso del general Perón al país y la convocatoria a elecciones generales.
El activismo multitudinario de la Juventud Peronista fue el elemento político decisivo para concretar el regreso de Perón. Sin ese apoyo no lo hubiera logrado nunca. Perón, a quien idolatraban y de quien recibían instrucciones, los impulsó a la integración de las "Formaciones Especiales", luego Montoneros.
Ya el Justicialismo en el gobierno, con Cámpora primero, luego Lastiri, llegó Perón al gobierno después de los tempestuosos enfrentamientos de Ezeiza entre grupos de choque oficialistas y la Juventud Peronista. Después de su muerte, con Isabel, siempre dominó el espacio y acción política la poderosa y extraña figura de López Rega que ensombreció al Peronismo y llevó al país a la tragedia.
Perón tenía un formidable predicamento sobre esa generación de jóvenes idealistas que desfilaron por millares toda una jornada, rindiéndole homenaje y que soñaban y juraban morir por él y por una patria justa, libre y soberana.
Perón podría haberles brindado el espacio necesario para tareas de bien común, dándoles protagonismo acorde a sus ideales de solidaridad y de justicia para con los más humildes, pero los rechazó primero echándolos de la Plaza de Mayo y luego, dando carta bl~nca a López Rega con su nefasta "Triple A" y sus grupos armados. Esto empujó definitivamente a la Juventud Peronista, a través de Montoneros, a la clandestinidad y la lucha armada.
Los militares derrocaron a Isabel Perón y recrudeció una lucha desigual, donde el gobierno de Videla impuso el terrorismo de Estado con miles de muertos y desaparecidos. Sembró el terror y el miedo y encarceló en prisiones clandestinas para torturar y ejecutar, sin previo juicio, a miles de hombres, mujeres y niños, al margen de la justicia.
En esa lucha fueron asesinados Ricardo y Enrique Sapag. Antes de su muerte, acribillado a balazos el 17 de octubre de 1977, escribió Enrique una carta a su familia. Tenía sólo 19 años. En ella expresa con serena y firme convicción que arriesgará su vida, como la ofrendó su hermano, en defensa de sus ideales por un patria mejor y más justa para todos.
Chela y yo estamos orgullosos de nuestros hijos y, como pide Enrique en su carta, mostramos al mundo nuestras cabezas altivas, porque en nuestra familia por fruto del amor creció y floreció Ricardo Omar Sapag y también su hermano Enrique.

Domingo 3 de julio de 1977
Papá, Mamá Silvia, Luis, Mi querida familia 

Posiblemente ya sabía que alguna vez tendría que escribir esta carta, y ustedes que la recibirían.
Bueno, Caito está muerto, no ha podido sustraerse a un destino que no le correspondía pero que sabía que le podía tocar. No ha podido vivir más, pero nos ha dejado acá, una lección de vida. No va a ver el triunfo del pueblo, pero con su entrega ha forjado a construirlo iY cómo!. No ha vivido mucho más de 24 años, pero ha vivido tan plenamente, tan intensamente y con tal felicidad, que en su vida se resumen 1.000 años de historia, que en su lucha se resume la explicación fmal de para qué el hombre está sobre la tierra y en su muerte se resume que cuando estamos a la búsqueda de objetivos totales, superiores, comporta sobre todo, la simplicidad y la entrega, la humildad y el despojo personal, el amor por los demás.
Caito no era otra cosa que un pibe, pero las dimensiones de su acción nos obligan a respetarlo e incluirlo dentro de la "raza", y la estirpe de los grandes.
Desde clúco mamó el amor de su familia, fue rebelde en su adolescencia. En la escuela sacaba justo para e16 (¿Eh, mamá?). Estaba buscando algún sentido a este mundo y se hizo medio lúppie. "Sonríe sólo cuando viene a pedirme plata" (dicho con la dulzura de Papá, no con las connotaciones hijas de puta de la revista Gente). Escuchaba a los Beatles, pero ni ahí, ni en sus estudios de contador, ni de arquitectura, estaba su destino. Simplemente todas esas pruebas le sirvieron para descubrir cuáles eran los mecanismos de esta sociedad, cuáles eran las sucias motivaciones de un poder injusto. Y sobre todo, para descubrir que ese poder injusto, entre todos, podía ser destruido.
Hasta e130 de junio de 1977, día fmal, devino en Montonero, devino en luchador incansable, batallador, gladiador de la justicia. Como les digo, en Montonero.
Ah, familia mía, qué placer era estar con él. Siempre irradiaba un no sé qué. Que nos quede la satisfacción de saber que él estuvo siempre feliz de su vida. Hasta en su momento último lo imagino avasallante, despierto.
Yo había perdido contacto con él luego de la muerte de Norma (7 de febrero) y lo recuperé hace 2 meses. El me dijo que estaba "medio tristón", que "es un golpe muy fuerte perder a la compañera", pero ustedes vieran, su imagen y su entereza eran la imagen distinta a eso, claramente sabía que la mejor forma de recordar y llevarla en el corazón a la Flaca no era precisamente dejarse abandonar.
Sus compañeros le tenían devoción. Es que el Tata (su nombre de guerra por varios años) tenía mística, y era fácilmente amable (no de amabilidad, sino de amor).
Como les decía, yo hace dos meses recuperé contacto con él, nos veíamos cada 3 o 4 días, y en los últimos días, más asiduamente. La última vez fue el 29. Fuimos juntos a hacer las compras para su casa (vivía momentáneamente con un matrimonío de compañeros). Y me enternecí un poco, porque en ese nivel, el doméstico, él que siempre fue un fiaca, se estaba superando siempre. En una bolsa grandota de papel iba poniendo la came, la manteca..., la polenta.
Como les digo, me enternecí. Y nos reímos.
Acá quisiera contar todo. Pero hasta eso es insuficiente, lo importante es que charlemos lo importante.
Caito se llamaba Tata también. Tata quiere decir Papá. Yo, les cuento, siento que el Tata ha sido un poco un Padre para todos nosotros. Porque nos ha enseñado muchas cosas. Estemos siempre a la altura de lo que él quiso para nosotros, no traicionemos su recuerdo, y sigámoslo hasta allá donde podamos.
Yo, ahora, voy a hablar por boca de él, de lo que él hubiera dicho en sus últimas palabras, si hubiera podido, si lo hubiesen dejado.
A mí me hubiera dicho: "No me le afloje macho" o "No me le afloje machito".
Con ustedes, con ustedes, con cada uno de ustedes, no sé exactamente qué palabras habría usado, pero les digo que los hubiera mirado tan profundamente como diciendo "Comprendanmé, comprendanmé. Y no me lloren".
Ellos quería a ustedes entrañablemente, no era un insensible, pero sabía que tenía que sacrificar un montón de cosas. Como me pasa a mí.
Les ruego que no me insistan que abandone esto.
Muestrenlé al mundo, que los despojados 24 años de Caito, van a servir de ahora en más para superamos y ser mejores, día a día.
Muestrenlé al mundo que Ricardo Ornar Sapag era un gran tipo.
Muestrenlé esta carta a la familia, yo no sé, pero quizás todavía supongan que somos dos descarriados a los que les han llenado la cabeza. Arranquen, aférrense a las enseñanzas de Caito, no vivan de su recuerdo y no vivan de la esperanza de reencontrarse en algún lugar del mundo conmigo. Yo me quedo acá. Y ustedes también, porque deben mostrarle al mundo sus cabezas altivas, porque deben decirle que su hijo Ricardo Ornar era un gran tipo, y deben demostrar que no son la familia donde hizo nido la desgracia, sino donde por fruto del amor, floreció y creció ese gran tipo que se llamó Ricardo Ornar Sapag.
Yo, mis chicos, no quiero hacer comparaciones odiosas, pero Caito como Jesucristo, murió para que vivamos.
Nos corresponde no endiosarlo, pero es una obligación también estar contentos y felices de que una luz nos ilumina.
No pido que mi familia sea dueña del estoicismo espartano, como el de aquella mujer que pregunta primero por la Patria y no por sus hijos que han muerto en la batalla. Yo no lo pido, yo ¡lo exijo!, por el recuerdo de mi hermano.
Acá llegamos a un punto clave: Sobre si es justo o no en nuestro caso el uso de la violencia ¡Sí, es justo!. Porque el nuestro es el legítimo derecho a la defensa propia. Porque ellos son los avasalladores, ellos son los prepotentes que quieren acallar la voz de la justicia. Porque ellos, defensores del Poder de unos pocos, son, no digamos ya los que torturan y asesinan con los rudimentos más salvajes a varios miles, sino digamos mejor que son los que torturan día tras día a las madres que no pueden dar de comer bien a sus hijos, a los hijos que no pueden vivir dignamente, a millones y millones de trabajadores que se desloman de sol a sol, para traer a la mesa un mísero mango. Para cambiar esto, murió Caito. Murió para que vivamos.
Muchos dirán, "el mundo es así, qué se le va a hacer". ¡No!. El mundo no es así, el mundo puede ser cambiado. Debe serlo. Los católicos hablan de la superación del hombre y de la sociedad. Nosotros, a través de nuestra convicción política vamos a conducir al pueblo argentino a ese cambio. ¡Por eso murió Caito, murió para que vivamos!.
No admitan eso de "Pobre Chela" ó "Felipe está deshecho". No lo acepten, rechacenló vigorosamente; no cualquier hogar genera un hijo digno hasta el final como Caito!. ¡Pobres los otros, que no han tenido hijos como la gente!.
Lloremosló a Caito, pero hasta un punto. Recordemos o sepamos que llorar cuando alguien muere, es llorar no por el muerto, sino por nosotros mismos, porque nos va a costar acomodamos a la nueva situación. Es decir, el llanto es una expresión de dolor y compasión hacia nosotros, que nos quedamos solos. No hacia el muerto. Yo estos días estoy llorando mucho pero, pensando por supuesto en Caito, lloro por mí, porque me quedé sin él. O a lo sumo lloro pensando en todo lo que sufre mi familia, Caito no quiere que lo lloren!. ¡Sí él fue feliz!. ¡Muy feliz!.
Lo que quiero decir es que llorar es un sentimiento de compasión hacia uno mismo, que naturalmente no vamos a impedirle cauce, pero que, de perpetuarse, significará que somos incapaces de resolver por nosotros mismos los problemas, que dependemos absolutamente de los demás y que no somos valientes. Me refiero tanto a llorar, como a otras formas de expresar dolor: llámesele negativa de los intestinos a funcionar (esto me pasa a mí), llámesele profundos estados de depresión, llámesele ataques al hígado (Mamá, te permito unos pocos, esta vez).
Tampoco se permite pasar mucho tiempo en la cama o dormir mucho (como yo hoy:12 horas) porque esto significa que estamos evadiendo la realidad. Ya la realidad no hay que evadirla, hay que transformarla.
Yo tampoco admito eso de "Pobre Enrique, ahora está solo". No, Enrique no está solo, está bien acompañado. Claro que necesitaría unos mimitos de mi familia, pero no se preocupen: Enrique está de novio y goza de unos mimos" cualitativamente superiores", me va a costar mucho vivir sin Caito. Tanto o más que a ustedes. Pero hacer, construir mi vida, es una obligación que no debo eludir y que no voy a eludir.
Me ha hecho muy bien escribirles. Espero que estén serenos y juntos, alrededor de la mesa. Caito vencerá.

Aires, primavera de 1976 El Missi es un muchacho de pelo enrulado y ojos negros, curiosos y chispeantes, con una mueca entre tierna e irónica en la boca ampulosa y el mentón desafiante. No le disgusta el apodo de Missi (aunque deteste a John Wayne como epítome de la cultura imperial), porque las haza­ñas del Mississippi cinematográfico evocan, desde el lugar co­mún de las carretas, las que muchos compañeros realizan a diario y la prensa canalla malversa como si se tratara (según el poe­ma de Borges) de "sórdidas noticias policiales".

Fui a buscado, una noche muy fría, a una cita cercana a nuestra "cueva". Nuestra primera cena fue un tierno matambre, que preparé en la parrilla del horno con cebollines y pimientos verdes, convenientemente adobados con vino blanco, aceite de oliva y ají molido.

Las condiciones para que viviera con nosotros era que no nos "destabicáramos" recíprocamente: ni él debía saber nuestra ver­dadera identidad ni nosotros la suya. Hasta ahora, esa ley se ha cumplido a rajatabla. A veces, cuando los chicos, por imperio de su edad están a punto de cometer una infidencia, el Missi los pa­ra en seco, con cariñosa autoridad.

En esta vida gitana de la militancia, uno se vive preguntan­do qué le tocará en suerte para una obligada convivencia, pero en este sentido el Missi ha resultado una grata compañía: es un chi­co atento, que se esfuerza por retribuir con gestos la hospitalidad que le brindamos. Solemos cenar los cinco como heliogábalos y cuando él me dice -en broma, haciéndose el cuadrito cuadra­do- que tengo desviaciones "pequeño burguesas" lo hago reír al preguntade: "¿Por qué pequeño? Simplemente burguesas". De sobremesa discutimos sobre todo lo divino y lo humano y con Silvia nos sorprendemos de cómo absorbe lo que le vamos po­niendo por delante.

Cuando llegó a casa era un poquitín esquemático y solía construir las frases como consignas, pero Silvia le inoculó "el ve­neno" de la buena poesía (que es como inculcar el sentido del matiz), hasta que una noche pidió el Viento del pueblo de Miguel Hernández y se lo llevó a su cuarto. Al día siguiente preguntó qué había hecho Hernández durante la guerra civil española. Y ayer nos sorprendió recitando de memoria el verso que dice: "De sangre en sangre vengo, como el mar de ola en ola". Luego, por una asociación nada ilícita, evocó a su lejana familia. Una familia que nos ayuda a imaginar aunque no podamos ponede nom­bre: con un patriarca que oculta su ternura en el gesto adusto; una madre que lo consiente a más no poder, tres hermanos a los que está muy unido y sus pequeños sobrinitos (hijos de su her­mana mayor), que idolatra.

El 20 de setiembre festejamos su cumpleaños. Silvia (a quien obviamente identifica con su mamá) le preparó una torta estupenda. Missi dejó de lado pudores innecesarios y lloró por su madre verdadera. Lloró por esa casa paterna a la que ya no podrá volver hasta que ganemos esta guerra o una circunstancia mila­grosa y desconocida nos libre de ser proscritos.

En su estadía, que ya lleva más de un mes, hemos debido sortear varios peligros. Uno de ellos es la Tía Chita que nos si­gue llamando Silvia y Miguel y en cualquier momento suelta el maldito apellido.

Cuando salimos del departamento y se quedan Missi, los chicos y la Tía Chita, nos vamos temiendo un desastre. Hace una semana casi ocurre. Se descompuso el calefón y Missi, escoltado por Chita, intentó arreglado. Estuvieron a un tris de volar por los aires y sólo la pericia de Luis, el enigmático portero, logró conjurar la catástrofe. Una verdadera suerte porque los clandes­tinos no pueden sufrir accidentes.

El sábado por la mañana ocurrió algo peor: yo salí para una cita y justo enfrente de la casa había un Ford Falcon con tres de "ellos" montando guardia. Estuve a punto de sacar la pistola, por­que los tipos abrieron las puertas en cuanto me vieron salir y uno de ellos, un flaco cetrino y siniestro, vino hacia mí y pasó de lar­go, rozándome el hombro, con una insinuación de sonrisa. Me salvó el instinto más que la cabeza: me jugué a que no me cono­cieran y simulé ser un ciudadano común, que se asusta, pero al mismo tiempo mira sin entender. Y me fui caminando hacia el norte, por la avenida. Hice dos cuadras y crucé a la otra mano. Los horribles seguían parados a pocos metros de la puerta de entrada a mi casa. Los tres habían bajado del auto. Pensé que no me habían reconocido pero tal vez tenían el dato de que yo vivía allí y en cualquier momento podían iniciar el procedimiento. Silvia, los chicos y el Missi estaban en peligro sin sabedo. Yo debía volver, pero al mismo tiempo debía evitar que me vieran por segunda vez y pudieran reconocerme. Tomé un colectivo hacia el sur y me ba­jé a dos cuadras de mi casa. Luego caminé pegado a los edificios, y entré en el nuestro sin que los horribles se dieran cuenta.

Una vez en la cueva, reuní a Silvia y al Missi y -como responsable de la casa- establecí el plan a seguir: si los tipos intentaban meterse, Silvia, los chicos y el Missi, debían replegarse por los fondos y salir a la otra calle. Yo me quedaría contenién­dolos y, si podía, intentaría fugarme.

En ese momento se operó una formidable metamorfosis: el niño grande que jugaba con mis hijos pidió quedarse él para contenedos, porque tenía menor nivel partidario que yo (y lo dijo en serio, como se dicen las cosas en esos momentos). Naturalmente no le hice caso: yo era el responsable y él debía acatar mis órdenes. Por suerte, no hubo ataque, los tipos se fueron y por la no­che festejamos nuestra buena suerte con una comilona. Con Silvia ya no miramos al Missi como un chico, sino como lo que es: un compañero valiente y solidario que sabe muy bien en la que está metido.

La sangre de los más puros

(Madrid, noviembre de 1977)

Salimos de la cafetería Nebraska y cruzamos la avenida ha­cia la Plaza Colón, entre ráfagas de viento helado que bajan de la Sierra. Frente a las fuentes iluminadas nos dan la noticia. Nos lo dice un compañero que acaba de salir del país y lo co­nocía muy bien. -Lo mataron a Arturito. El 17 de octubre. Escuchamos sin llegar a entenderlo, en una destemplada esquina de Madrid, que el Missi cayó acribillado a balazos en una operación miliciana de apoyo a la huelga ferroviaria. Por suerte los chicos no están con nosotros. No quiero ver al Missi caído en el piso de un colectivo. Sólo veo cuando nos esperaba con Flavia y Fede para mostramos la producción de muñequitos de papier maché que habían cocinado al horno ese día. El compañero me revela entonces su identidad: el Missi era Enrique Sapag, el hijo menor del ex gobernador de Neu­quén Felipe Sapag (el Patriarca que disimulaba la ternura ba­jo un gesto adusto). O sea que era hermano de "Virulana", de Ricardito Sapag, también acribillado por el enemigo en julio pasado. Con Virulana no habíamos compartido la casa, pero lo vimos a diario durante los nueve meses que duró el diario Noticias. Era otro muchacho extraordinario, cuya vida y muerte fueron malversadas por los canallas de Somos y Gente. Mayor que Arturito. Mayor, sí. Pero no tanto: Virulana tenía 24 años cuando lo mataron. El Missi, apenas 19. (¡Por Dios! ¿Qué clase de país es este donde los padres entierran a sus hi­jos en medio de la indiferencia de los hartos, de los cerdos que salen a Miami a comprar de a pares los aparatos de sonido? ¿No estaremos trágicamente equivocados? ¿Qué dioses atro­ces están reclamando la sangre de los más puros? ¿La sangre rica y densa de los más jóvenes? De sangre en sangre vengo como el mar de ola en ola...) Ahora entiendo tantas cosas que Missi nos contaba con la media lengua de la compartimentación: sus discusiones políti­cas con el Patriarca, sus infidencias de que provenía de una fa­milia importante, su terca afiliación, sin matices, al Hombre Nuevo. Ahora entiendo. Silvia es dura para llorar, pero está lívida, con los finos labios blancos de angustia, los ojos perdidos en las luces rojas de los autos que atraviesan la Castellana. Pero pre­gunta, quiere saber cómo cayó el muchacho que mimaba como una madre postiza. El compañero cuenta que el pelotón que integraba Enri­que cruzó un colectivo sobre las vías. Los otros milicianos pu­dieron escapar, pero el Missi desenfundó y les tiró hasta que los tipos, que eran muchos más y estaban mucho mejor armados que él lo abatieron. (Mississippi se acoda y apoya la mano con el re­vólver sobre la baranda de la carreta. Los tiros se oyen lejanos, en blanco y negro. Un televisor prendido en una cueva montonera de Bel­grano. El Missi, carajo.) El compañero dice que cuando murió Virulana, los Sapag sintieron terror de que les mataran al otro muchacho y le roga­ron al Missi que se fuera del país. Enrique no quiso aceptar: ningún militante podía abandonar el territorio sin orden del Partido. Don Felipe apeló entonces al propio Mario Firmenich, para que el jefe de los Montoneros autorizara la salida. El Pe­pe, me dice el compañero, estaba de acuerdo y ya había dado la orden, cuando se produjo la tragedia. Debía salir de Argentina pocos días después. Silvia, que es dura para llorar, se quiebra.

(México, diciembre de 1977)

Otra vez estamos en México, como a finales del 75. El Ca­bezón Habegger, que maneja la Secretaría Política en el terri­torio está por regresar al país. Le contamos la historia del Mis­si. El está en contacto clandestino y riesgoso con Felipe Sapag. Nos pregunta si queremos escribirle a los padres y relatarles la historia de aquella entrañable convivencia. Lo hacemos de in­mediato. Silvia le escribe a la madre, Doña Chela y yo a Don Felipe. Ambas cartas deberán recorrer un largo y tortuoso pe­riplo para llegar a manos de los Sapag. Silvia le escribe a la madre: "Sé que nadie podrá decirle na­da sobre él que usted ya no sepa: ni de su generosidad, ni de su ternura, ni de su entereza. Sí en cambio quiero contarle que en medio y a pesar de la guerra, logró vivir buenos momentos y tuvo con quien compartir profundamente sus alegrías y sus pe­nas y hasta su condición de casi niño. "Tuvimos la honrosa suerte de compartir con él casa y vi­da y su ejemplo nos acompaña desde la noche en que entró con mi compañero al lugar donde vivíamos. Desde ahí en adelante aprendí a conocerla y quererla como madre a través suyo, a tra­vés de mil anécdotas, de sus lágrimas sin pudor recordándola el día de su cumpleaños, emocionado porque yo le hubiera hecho una torta, o riéndose de su supuesta opinión mientras le corta­ba el pelo para que no tuviera que ir a una peluquería. Le ase­guro que con lo mejor de nosotros mismos tratamos de com­pensar la ausencia de sus padres que sentía. (...) "Jugaba con nuestros dos hijos y solía decir que pese a es­tar más cerca de nuestra edad que de la de ellos, en realidad es­taba más cerca de ellos que de nosotros. Llenaba la cocina de papeles mojados para hacer su papier maché, que les enseñó a trabajar, y siempre estaban los tres pendientes de alguna figu­ra que se les quemaba en el horno. (...) "Cómo nos reíamos cuando llegábamos y lo encontrábamos empapado de sudor porque creía que con nosotros comía demasiado y estaba engordando, o cuando cerraba la puerta de su cuarto para que no entrara el gato porque de noche le daba miedo. Las veces que con los chicos nos daba la sorpresa de esperamos con la comida hecha para ellos, o nos volvían locos los domingos escuchando a los Beatles de la mañana a la noche, o se apuraban traviesamente a ordenar sus cuartos para que yo no los descubriera en falta. Las largas noches en que nos quedábamos charlando después de ver hasta la última película de la televisión, mirando las fotos de su sobrinito que adoraba o de su pasión por el cine, o haciendo planes, a veces serios, a veces có­micamente disparatados, sobre nuestros futuros.

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